miércoles, 29 de septiembre de 2010

Equivocación

Lea y yo dejábamos que nuestra excitación tomara el control de la situación. Cuando me quise dar cuenta, estaba sobre mí, aprisionandome entre sus brazos, uno a cada lado. Mientras su manos recorrían mi cuerpo su lengua se enloquecía en mi cuello. Había dejado que el sentido común se tomara unas breves vacaciones, si no en el momento en el que Lea se había tumbado junto a mí hubiera huido. Pero tenía él razón "yo quería" y aunque fuera algo descabellado decidí olvidarme de qué era lo que sería correcto.
La cama era bastante pequeña, a penas tenía movilidad. Sin embargo, Lea se movía con facilidad, sin miedo a caerse, como si ya hubiera estado en esta cama con otras mujeres en otras ocasiones.

-Oye Lea ¿qué número soy?- pregunté aunque no deseaba saber la respuesta.

Lea se paró en seco, su mirada perversa y lujuriosa se había evaporado, ahora solo unos ojos verdes me preguntaban, como si no supiera de qué estaba hablando. Esperé unos minutos su respuesta, pero únicamente me miraba. Mi boca estaba seca, no era capaz de articular palabra, fue él quien cedió.

-Lo siento Reika, pero no se de que hablas.
-Sí lo sabes- dije mientras segregaba toda la saliva que podía- ¿cuántas veces has estado en esta cama con mujeres?

El chico se quedó atónito al escuchar aquella pregunta. Se levantó de la cama con rapidez y se quedó sentado en ella. Después de un largo tiempo pude incorporarme, mis huesos estaban entumecidos pero en vez de levantarme me senté junto a él. Tenía la cabeza agachada, con los brazos sobre sus piernas dejando que sus manos colgaran. Su mirada estaba vacía. ¿Había hecho lo correcto haciendo esa pregunta? Lea parecía muy afectado por ello. Pensaba que, por mucho que pasase el tiempo y llegara Merlín, Lea no volvería a dirigirme la palabra. Pero me equivocaba. Tras un tiempo de silencio el chico abrió la boca.

- Te equivocas Reika. No he estado con ninguna mujer más que tú, y ni siquiera eso.
- Lea, no tienes por que mentirme, me da igual, solo era curiosidad.- mentí- Esa manera tan grácil que tienes de moverte en esa cama no es normal, yo tengo miedo de caerme y tú... es como si se tratara de una cama gigante.
- ¿Quieres saber la verdad?
-Claro, si no no te lo habría preguntado.
- Sí me muevo así es porque durante muchos años dormí en esa cama. Merlín me acogió cuando llegué aquí, no tenía a nadie y él me ofreció cobijo.
-¿Y Merlín? ¿Dónde dormía?
-Dormía conmigo cuando tenía pesadillas y si no se sentaba en aquella silla y reposaba la cabeza sobre la mesa.

Aquella información había roto mis esquemas. Lea parecía triste, y no era para menos, nunca había tenido una familia y eso no debe ser muy agradable. Un gran sentimiento de culpa cayó sobre mí al recordar la pregunta que le había formulado. Había sido realmente estúpida. Sin pensármelo dos veces le abracé y dejé reposar mi cabeza sobre él. Lea trataba de resistirse, pero llegué a ser tan persistente que no tuvo más remedio que rendirse.

-No necesito tu lástima.
-No es lástima, pero me siento mal por haberte preguntado eso. Me siento culpable de que ahora estés así.

Lea alzó la cabeza. Sus ojos estaban a punto de derramar millones de lágrimas. Eso me hacía sentirme peor. Una lágrima comenzó a caer por su mejilla. Esa situación era insoportable, no quería ponerme a llorar yo también.

-No te sientas culpable, no tienes la culpa de nada. Al revés, contigo... me siento genial.

De repente, Lea me devolvió el abrazo. Y así nos quedamos durante un tiempo, abrazados mutuamente sobre la cama de aquel viejo mago.

martes, 28 de septiembre de 2010

Oscuridad...

Abrí la puerta mientras me despedia con la mano: no iba a ser la ultima vez que les iba a ver, por desgracia. Isa esperaba fuera, sentado en el suelo.
-¿Por que sigues aquí? Pensé que tenias que iba volverías con Lea.
-Eres un invitado. No me gustaría dar mala impresión del pueblo.
Aeleus nos escolto a Isa y a mi hasta la salida. Ninguno abrió la boca. Cuando salimos, Aeleus volvió a su puesto, mientras Isa y yo nos alejábamos. Llegado un momento, me parece en una barandilla, mirando el paisaje. Era hermoso.
-Este mundo se ha puesto mas bonito desde la ultima vez que vine.
-¿Quieres decir que ya viniste antes? No recuerdo haberte visto, y eso que la zona es pequeña.
Sonreí al recordar esos tiempos. Eso si era vida...
-Fue hace mucho tiempo...
Isa me miro sin entender lo que quería decir. Seguimos nuestro camino, durante el cual me empezó a hablar sobre los habitantes. Me agrado ver que Cid había cumplido su sueño y Merlín... bueno, Merlín estaba como siempre según Isa.
-¿Y de donde vienes tu?- Pregunto, intentando saber mas de mi.
Me pare en seco mientras miraba al suelo, intentando ocultar los sentimientos que trasmitiría mi cara.
-El lugar de donde vengo...- repito, como si intentara responderme a mi mismo.
Una sensacion a mi espalda me puso alerta. Invoque sin pensármelo dos veces la llave-espada y mientras me giraba, contraataque a la sombra que se abalanzaba sobre mi. Isa dio un paso para atrás. En poco rato, estábamos rodeados. Los mire fijamente. No eran gran cosa. Me lanza sobre ellos y empecé a dar mandobles a diestro y siniestro.
Isa, huye!- Dije buscándole con la mirada.
Cuando lo encontré me di cuenta de que no hacia falta decirlo: Isa corría hacia el castillo, atacando con un gran hierro.
-¡Iré a por ayuda! ¡Solo aguanta!
Sonreí. Seguí acabando con las sombras, pero cada vez había mas ¿Por que aparecían tantas de golpe? Ansem dijo que habían aparecido, pero no de esta forma. Solo vi una solución. Puse una mano en el suelo, preparando mi ataque. Pero entonces recordé un problema: mi corazón ya no era el mismo. No tenia luz en mi interior. Solo oscuridad.
-¿Y por que no usarla?- Dijo una voz distorsionada dentro de mi.
¿Quien era? ¿Quizás la oscuridad me hablaba? No sabia como, pero no me pareció buena idea. Di un golpe al suelo con la mano y miles de espadas de oscuridad salieron de este, atravesando como lanzas a los sincorazones. Estos desaparecieron al igual que las espadas. Entonces fue cuando caí rendido. Era la primera vez que hacia eso. Había sido muy arriesgado. Los pasos al fondo me indicaron que venían los refuerzos.
-¿Estas bien?- Dijo Isa mientras se arrodillaba, a la vez que Dilan y Aeleus observaban el alrededor en busca de mas peligros.
Asentí con la cabeza. Solo necesitaba descansar.
-Llevarme ante Merlín. Me gustaría hablar con el...
Isa miro a los soldados. Tras darse cuenta de que "preferían" quedarse en sus puestos que acompañarme, me ayudo a levantarme y me guió. Según el, Merlín debería estar allí, al igual que Cid y el resto de chicos.
Merlín no podría hacer nada por mi, pero necesitaba hablar con alguien sobre eso. Y Merlín era la única persona que sabia donde podía encontrar a otro hechicero que si podría decirme alguna respuesta a mis preguntas...

"Tú quieres, yo quiero"

Mi vista volvía a ser la de siempre. Podía ver con claridad como Lea seguía sentado en aquella silla de mimbre con los pies sobre la cama. Su cabeza estaba algo elevada, como si mirara al techo. Aprovechando que estaba fuera de su vista me estiré con todas mis fuerzas; el estar allí tumbada me estaba dejando la espalda destrozada, ya que la cama no era demasiado cómoda. Mi cuerpo entero se relajó tras esa cómoda costumbre del ser humano. Cuando me quise dar cuenta Lea me estaba mirando fijamente, disimulando una risita con sus labios fruncidos. Bajó los pies de la cama sin quitarme el ojo de encima. Esperaba que, tras su inquietante mirada, me dijera algo pues parecía querer comentar algo solo que su boca no se abría bajo ningún concepto.

-¿Ocurre algo, Lea? Me estás asustando.
- No, solo que... tienes una forma muy peculiar para estirarte.
- ¿Peculiar? ¿A que te refieres?- me quedé pensativa unos instantes hasta que caí en algo importante- Espera... ¿me has visto? Pero si estabas dormido...
-Ese gemido tan placentero creo que lo ha escuchado Merlín, dondequiera que esté.- su risa reprimida cada vez era más evidente.- Además, lo de peculiar era porque pareces un hombre estirándote.
-Eres un grosero, Lea. Esas cosas no se dicen-dije sonrojándose por la vergüenza- aunque sean ciertas.

La risa insolente de Lea pronto se convirtió en una sonrisa amable. No lo había dicho con mala intención, solo pretendía avisarme de que me había visto. Aún así, hubiera sido más feliz si no lo hubiera dicho.
Lea se levantó de la silla manteniendo aquella sonrisa en sus labios. Colocó el asiento en su lugar correspondiente, junto a la mesa, donde se apoyó pensativo durante unos instantes. Alarmada, a los pocos minutos traté de levantarme. Me incorporé tratando de hacer el menor ruido posible, pero como si se tratara de un felino, Lea consiguió escuchar como me levantaba. Volvía a mirarme fijamente. Sin decir una palabra se acercó a la cama y con un suave empujón volvió a tirar mi cuerpo sobre el colchón. La mueca en sus labios seguía pero ahora... tenía algo distinto, era un risa pícara y perversa. Ese tipo de gestos para mi eran muy malos; mi carne era demasiado débil con los hombres. Empujándome con sus manos me acercó hacia la esquina de la cama que daba a la pared, y sin decir nada, se tumbó junto a mí. Mi cuerpo se petrificó en ese instante, esta situación era demasiado peligrosa, debía continuar mirando hacia el techo, sin moverme, o algo pasaría y me arrepentiría enormemente. Noté los ojos de Lea fijos en mí de nuevo. Mi cuerpo continuaba inmóvil y él se había dado cuenta.

-Reika, ¿te encuentras bien?-dijo alarmado- no tienes buena cara.
-¿Por qué te has tumbado?- mi voz temblorosa era casi imposible de entender.
-Me dolía la espalda de estar ahí sentado. Esa silla está dura como una roca. Además... no hay nada de malo que me tumbe a tu lado, me apetece estar a tu lado.

Mis hormonas eran incontrolables. Lea no podía estar haciéndome esto, era inhumano después de la excitación que había sufrido con Ioru. Pero al contrario que con el capullo ese, con Lea no me lo iba a pensar dos veces y a la mínima oportunidad saltaría sobre como una salvaje. El chico se giró dirigiéndose hacia mí. Sostenía su cabeza con una de sus manos mientras que con la otra acariciaba ligeramente mi rostro; desde la sien hasta la barbilla numerosas veces. Mi boca estaba a falta de saliva, se había secado en unos segundos. Torné la cara. Sus verdes ojos me miraban lujuriosos. Mordiéndose el labio inferior continuaba deslizando su mano por mi cara. Realmente eso era un infierno.

-¿A qué esperas?-preguntó Lea- Sabes lo que quiero, y yo se lo que quieres. ¿Por qué andarnos con tapujos?
-Esto no está bien.
-Está bien porque ambos lo deseamos ¿lo captas?- la mano que me acariciaba se metió debajo de mi camiseta- No esperes más.

El roce cálido de la mano de Lea sobre mi vientre me enturbiaban aún más la mente. Giré mi cuerpo por completo. Ahí estábamos los dos, unos completos desconocidos hormonados hasta la saciedad. Rodeé el torso de Lea por debajo de su ropa. Era suave y cálido, como la arena árida del desierto. Acercó sus labios a los míos, y una vez que se tocaron, la pasión nos hizo perder definitivamente la cabeza.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Problemas...

-Interesante- Dijo Ansem, sorprendido por mi comentario-. Lamento todo lo que ha pasado... pero todo lo que me has contado es asombroso. Podría ayudarnos en las investigaciones...
Arqueo una ceja.
-No comprendo. ¿Que se supone que estas investigando ahora?- Digo, hasta que un objeto llama mi atención.
En la habitación había urnas cilíndricas con corazones flotando en su interior. Sabia que Ansem lo había estudiado durante un tiempo... ¿pero que tenia que ver todo esto con su investigación?
-Desde hace tiempo han estado apareciendo esos seres oscuros. Sincorazones, como tu los llamas- Dijo el rey Mickey, ayudando a arrancar a Ansem.
-Antes de su aparición sabia que un corazón podía consumirse en la oscuridad... pero ahora, examinandolos, descubro cada vez mas como funciona la oscuridad. Ioru, has estado conviviendo con esos seres durante muchos años. Tu ayuda podría ayudarnos a entenderles y poder derrotarles tanto a el como a la oscuridad- Acabo soltando Ansem, como si fuera lo mas normal.
Me quede mirando un rato al techo, hasta caer en un detalle del que no me habia dado cuenta en todo este tiempo. ¿Como podía haber sido tan ingenuo?
-¿Hace cuanto tiempo que aparecieron los sincorazones?- Dije, que mas que ayudar parecía que le estaba interrogando.
-Unos meses ¿Pasa algo?- Dijo Ansem, el cual no entendía lo que pasaba.
Me lleve las manos a la cabeza. Algo iba mal. Muy mal.
-Los sincorazones no pueden salir de la Oscuridad. La única forma de que salieran es una brecha...- Dije, sintiéndome un idiota por no haberme dado cuenta antes.
-¿Una brecha? Sigo sin entenderlo ¿Cual es el problema?- Pregunto Ansem.
-Para salir de la Playa de la Oscuridad, abrí una brecha por así decirlo: deje la posibilidad de que los sincorazones aparecieran. Pero fue hace apenas unas horas. Si aparecieron hace meses... alguien esta detrás de esto.
Se produjo el silencio. Seguí pensando en lo que acababa de descubrir. Eso explicaría el como podía haber llegado Reika hasta mi.
Reika...
Aunque me lo que había echo no tenia nombre, yo tampoco tenia que haberla dejado sola. Pero solo iba a ser un momento. Después la volvería a buscar...
-¿Sabes quien puede haber sido?- pregunto su Majestad, cabizbajo.
-Sea quien sea, debe haber estado conmigo en la oscuridad. Después de tanto tiempo... no estado tan solo como creía.
-¿Que piensas hacer?- Pregunto Ansem.
-Tendré que encontrar al que libero a los sincorazones. Daría lo que fuera por que lo hubiera hecho por salir o sin saberlo... pero si lo hizo adrede, tengo que pararle los pies.
¿Quizás el encapuchado de antes? Lo dudo. Por lo parecía, no estaba del lado de la oscuridad. Fuese quien fuese, había metido la pata hasta el fondo...
Seguí mirando el techo, pensando que iba ha hacer apartir de ahora ¿Por donde empezar a buscar?
Tantas preguntas y tan pocas respuestas...

martes, 14 de septiembre de 2010

Lea

La cálida habitación de la que se componía la casa no tenía muchas cosas. Una cama, una mesa con un par de sillas, una pizarra, un mueble con un libro... nada fuera de lo común.
Lea suspiró un par de veces y me tendió en la cama.
La luz de la habitación era tenue, lo que ayudaba a que mi vista se recobrara con mayor facilidad. El chico acercó una de las sillas a la cama y se sentó. Con la mirada ausente se rascaba la nariz una y otra vez, como si se le hubiera ocurrido alguna idea. Pero más bien estaba en su propio mundo.

-Lea... ¿estás bien?- dije mientras mis parpados intentaban abrirse por completo.

No contestó. Moví una de mis manos hacia su rodilla más cercana y la moví ligeramente.

-Lea-repetí. Reaccionó en esta ocasión- ¿Estás bien?
-Sí, si... solo es que... Pensaba que iba a ser distinto, que por una vez no me encargarían el trabajo de otro. Me tratan como un esclavo mientras ellos hacen lo que quieren.
-Lo siento-susurré- Esto es por mi culpa.
-No, no, no. Esto es culpa de Cid y de Merlín. No tienes la culpa de que tu vista haya sido dañada. Además, parece que ya te recuperas ¿no?

Esa sonrisa que en tan poco tiempo había visto en varias ocasiones, volvía a hacer acto de presencia. Era cálida y embaucadora, como si un torbellino de fuego me atrajera hacia ella. No pude reprimir una tímida sonrisa.
Lea se estiró con tal ímpetu que tiró la silla hacia atrás y acabó en el suelo. me incorporé de inmediato. me encontré con la figura de aquel chico retorciéndose y riéndose; tapándose la cara con la mano mostrando su lado más tímido.
Traté de levantarme para ayudarle, pero de un salto se puso en pie, recogió la silla y se sentó de nuevo, como si nada hubiera pasado.

-Bueno, bueno... y ¿cual es esa historia tan larga? Antes nos habíamos quedado por ahí ¿Verdad? Quiero saber que hacías allí sola-se resentía del hombro.
-Antes deberías mirar si te has hecho algo.
-Después de la historia. Soy Lea, un chico más fuerte de lo que ya aparento. ¿Lo captas?
Solté una risotada.
-Lo capto, lo capto. Pero deberías ponerte cómodo.

Dicho y hecho. Con un rápido movimiento se quitó la botas y puso los pies encima de la cama, reposando su espalda en el respaldo de la silla. Entrelazó sus largos dedos detrás de su cabeza y tomó sus manos como apoyo para que la cabeza no se cayera. Al instante, me guiñó un ojo.

-Yo, sin saber como, llegué a un lugar oscuro, más oscuro que una cueva o una casa sin luz. Casi se podía palpar. Caí del cielo a un lago frío y solitario. Entonces me encontré con alguien, alguien que me prometió protección. Ioru, ese es su nombre. Me llevó a Ciudad de Paso, y...- intenté buscar las palabras adecuadas para que no se atusara- debido a acontecimientos desafortunados para él, me abandonó. Le busqué por todas partes pero no apareció. Y tratando de salir de allí me encontré con Cid quien me dijo que me sacaría de Ciudad de Paso.

Lea volvía a tener la mirada perdida, o eso parecía. Tras un instante me miraba serio y algo confuso, y no era para menos. ¿Caer del cielo? Menuda cosa se me había ocurrido, pero no sabía explicarlo de otra manera. Lea rozó suavemente uno de mis pómulos con un dedo, deslizándolo hasta mi yugular. Sus ojos, al igual que su sonrisa, me atraían hacia un abismo rodeado de fuego, pero realmente exquisito.

-Ese Ioru- dijo finalmente- es un auténtico canalla. No importa lo que pasara, te prometió su protección. Es un milagro que estés viva. Estando sola, sin ningún arma y viniendo de Ciudad de Paso, un lugar infestado de sincorazón. Y he de decirte algo. Tu compañero, tu amigo... lo que sea, ese Ioru... está aquí. Le he visto.

Mi vista casi recuperada no veían ningún indicio de mentira en su rostro. Sin habérmelo propuesto le había encontrado, pero ahora dudaba si quería verle o no. En realidad si quería verle, pero solo para pedirle una explicación. Quien sabe si mi viaje continuaría con él, o quizás... me quedara en Vergel Radiante... con Lea. Todo dependía de su explicación.

Reuniones de antiguos alumnos

El gran castillo se alzaba ante nosotros. No recordaba que fuera tan grande. Isa se dirigí hacia la entrada, donde dos soldados la custodiaban. Los dos me lanzaron una mirada, como si fuera un bicho raro. ¿Por que todo el mundo me trataba igual?
Antes de que pudiera pasarlos, los dos entrecruzaron sus armas, deteniendo nuestro paso.
-¿ Que hacéis?- Dijo Isa mirándoles fijamente.
-No podemos dejar pasar desconocidos, Isa. Ya lo sabes- Dijo el hombre de las lanzas ( y las rastas)
-Dilan, este chico a venido de muy lejos para hablar de algo importante con Ansem. Dejale pasar. No creo que sea una amenaza- contesto Isa.
Los dos soldados se miraron fijamente.
-Aeleus os acompañara- Dijo Dilan con voz firme.
Suspire. No quería, pero no había mas remedio. Aeleus se adentro en el castillo, a lo que Isa y yo le seguimos. No paso mucho tiempo hasta llegar a la puerta del despacho. Aeleus se disponía a llamar a la puerta, pero esta se abrió. El chico de pelo albino salio y paso a nuestro lado, sin hacernos caso en ese momento. Pero a mi resultaba familiar. Nuestras miradas se cruzaron al unisono. Esos ojos que el tenia, podía ser que...
-Señor, le traigo a un viajero. Parece que quiere hablar algo con usted- Dijo Aeleus, haciendo que perdiera de vista al chico.
Intente encontrarlo con la mirada, pero había desaparecido. Suspire.
-Aeleus, te lo agradezco, pero sabes que estoy en una reunión impor...- Decía una voz familiar antes de que entrara a la sala.
Parecía que el tiempo había hecho efecto en el. Ya no eres el joven chico que conocí una vez. Parecía que lentamente se había convertido en un sabia anciano, aunque seguía viéndole con la misma energía se antaño. Al otro lado de la mesa, el rey apartaba la mirada de Ansem para dirigírmela a mi.
-Ansem... Majestad...- Dije, haciendo una reverencia.
-¿Debería conocerte, chico?- Dijo Ansem, confuso por mi aparición.
-Si hace memoria, son un viejo conocido de hace tiempo. Aunque parece que ahora el sabio anciano es usted y no yo- Dije, intentando resultarle familiar.
Ansem estuve un tiempo mirándome y pensando. Me di cuenta cuando me reconoció en el momento que se sorprendió.
-¿Ioru? No has cambiado en todo este tiempo ¿Que paso contigo? Desapareciste durante mucho tiempo- Dijo Ansem, que parecía curioso de mi llegada.
-Es por eso por lo que he venido ha hablar contigo, amigo mio...

lunes, 13 de septiembre de 2010

Nuevo Mundo

Al montarme en la nave de Cid no me sentía muy segura de lo que estaba haciendo, pero tampoco me iba a quedar esperando al idiota de Ioru.
La nave se tambaleaba en ocasiones y no podía reprimir el impulso de agarrarme al asiento. Cid soltaba una efusiva carcajada cuando me veía encogida en el sitio y aferrándome a aquello que pillara.
No pasó mucho tiempo hasta que Cid dijo.

-Agarrate fuerte; vamos a aterrizar.

Tragué saliva y al instante ya estaba agarrada al asiento y apretando los dientes.
Un fuerte estruendo me señaló que ya estábamos fuera de peligro.

Al salir de la nave el sol impactó contra mis ojos e hizo que me tambaleara. Apresuradamente, mi nuevo compañero me agarró de los hombros.

-¿Estás bien? No tienes buena cara.
-Si. Solo me he mareado por el sol; me ha cegado en un momento.
-Bien, no tengo otra opción.

Antes de que pudiera abrir los ojos Cid me cogió depositando todo el peso en sus antebrazos. Intenté bajarme pero claramente aquel hombre era más fuerte que yo.
Permanecía con los ojos cerrados. Mi único contacto con el entorno era el oído y el olfato. Olía a primavera, a flores en plena vida. Se escuchaba la voz de unos chicos gritando, riendo... disfrutando en sí. El correteo de los niños hacia nosotros era intenso, sus pisadas no dejarían a un insecto que habitara en el suelo, vivo. Todos gritaban a la vez.

-¿Que ha pasado, Cid?- preguntó uno.
-¿Enemigos? Dime en que lugar y acabaré con todos.- dijo otro más gallardo.
-Chicos tranquilizaos, solo es que no se encuentra bien. Hemos venido de Ciudad de Paso y el Sol de Vergel Radiante la ha cegado. Vosotros no lo notáis pero, quien no vive aquí sufre daños por el resplandor del sol.

Conseguí abrir un poco los ojos. Un chico castaño y otro rubio platino. Ambos miraban al horizonte, justo donde se hallaba el sol.

-¿Tanto daño hace, Cid?-preguntó el castaño.
-Sí, Squall. Puede dejarte incluso ciego.
-Maldito sol, si solo fuera un poco más fuerte te vencería- el rubio parecía lleno de poder.
-Cloud, Cloud... no te sulfures y no digas cosas que en realidad son imposibles. Y más aún tratándose de ti. El otro día vi como Tiffa te pegaba y no eras capaz de defenderte.

El chico enrojeció y trató de cubrirse con algo, pero todas las miradas le traspasaban y se reían. Pero tanto él como yo sabíamos que no había nada de malicia en esas risas.

Entre carcajada y carcajada vi como otro chico, este bastante más mayor, se acercaba a aquel corrillo que habían formado. Revolvió el pelo del llamado Cloud varias veces y esbozó una sonrisa. Ese chico era magnífico. Esa cara, ese porte...

-¿Que hacéis todos aquí?- preguntó.
-Oh Lea, que bien que estás aquí, pégales a todos se han reído de mí.
-Eso te pasa por decir mentiras- soltó Cid- Pero hay una cosa en la que coincido con Cloud. Que bien que estés aquí.
-No se por qué pero... esto me huele muy mal. Cuando Cid quiere verme es que algún muerto quiere cargarme.
-Uhm... muerta, no está muerta, solo algo ciega. Me gustaría que la llevaras a casa de Merlín y que se quedará tumbada unas horas. Dile al viejo mago que la trate bien.
-Tratándose de ti, esto es casi como una bendición tras todos los trabajos sucios que me has hecho hacer.

En un segundo pasé de unos brazos a otros, y esto no era una bendición para él, sino para mí. Menudo hombretón me iba a llevar a casa de ese tal Merlín. Me había tocado la lotería. Ese cabello rojo fuego abarcaba mi pequeña mirada deslizada entre mis parpados entrecerrados. Su olor era intenso y embriagador, pero adictivo. Debió sentirse observado en algún momento ya que de repente sus ojos verdes me estudiaban.

-Así que estás medio ciega ¿verdad?
-Sí, aunque voy recuperando algo de vista.
-Eso está bien. Eres de fuera ¿me equivoco? La luminosidad del sol aquí es algo... esplosiva para los forasteros.
-Si, ya me he dado cuenta de ese detallé.

Rió de manera grácil y a la vez sencilla.

-¿De dónde eres? Si me permites la pregunta.
-Soy de... bueno si te refieres al lugar de donde he venido con Cid es... como era... Pasada, Pas...
-¿Ciudad de Paso?
-Sí, eso. Ciudad de Paso.
-Eso está lleno de sincorazón ¿que hacías allí sola?
-Es una larga historia.

Frente a nosotros una pequeña casa con puerta de madera se erguía sobre sus cimientos de piedra. Sin llamar a la puerta y de una patada abrió la puerta de la estancia. Tras ella un hombre mayor con larga barba blanca y sombrero picudo nos esperaba sujetando un palito simulando una varita como la de los cuentos.

-A ti no hay quien te sorprenda, Merlín.
-Nunca cambiarás Lea, llevas casi 20 años haciendo lo mismo. ¿Y aún te extrañas de que no te pille?
-Bueno, pues... de parte de Cid aquí te traigo a... Mierda no te he preguntado el nombre-dijo Lea con cara de que se le cayera el mundo encima.
-Reika. Me llamo Reika.

Lea sonrió.

-Te dejo a Reika y me ha dicho que la cuides bien, que está medio ciega. Aunque por el camino ha dicho que se está recuperando.
-Una cosa Lea... ¿Por qué no te quedas tu aquí con ella?-dijo enarcando una ceja- tengo cosas que hacer.
-Pero...
-No hay peros joven. Quédate y cuídala, si no... Cid se enfadará contigo.

El viejo Merlín nos sorteó y cerrando la puerta a sus espaldas nos dejó a Lea y a mí atónitos por su tan repentina decisión.





Un pequeño paseo...

El clima era soleado a diferencia de la "gran ciudad". Mientras salia del callejón pude ver como unos adolescentes jugueteaban con una espadas de madera. La verdad es que hubiera pasado de largo si no hubiera sido por que dos de ellos llevaban un color de pelo bastante "extravagante": uno rojo y otro azul ¿Eran naturales?
Seguí andando hasta que algo me golpeo en la cabeza. Me lleve la mano a la cabeza mientras miraba que me había golpeado: una de las espadas de madera. Me gire lentamente. Si había sido aposta, les iba a arrancar la piel a tiras.
Todos parecían paralizados por lo ocurrido, pero me percate que el chico castaño que antes portaba una de las espadas, había sido desarmado. Suspire mientras cogía la espada y me acercaba al grupo.
-Cloud, eres un bestia- Dijo una de las chicas.
El otro chica se puso rojo de vergüenza mientras retrocedía hacia el grupo. Sin embargo, el otro chico, aunque fuera acojonado, empezó a acercarse a mi pequeños pasos. Cuando estuve suficientemente cerca de el, nos miramos a los ojos. Pude ver como el miedo le recorría el cuerpo. Parecía que no tenia muy buena pinta. Tantos años solo en la oscuridad pasan factura.
-¿Como te llamas, chico?- Dije, que mas que tranquilizarle parecía la mili.
-S-Squall, señor- dijo el chico, que tuvo que tragar saliva para hablar.
Lentamente levante la espada. El cerro los ojos, como si esperara lo peor.
-Idiota. No te voy ha hacer daño. Cogela y tener un poco mas de cuidado: dudo que queráis llevar a alguien al hospital- Dije mientras se la devolvía.
El chico abrió los ojos, sorprendido. Cogió la espada y volvió con el grupo con rapidez. Intente irme cuando alguien me detuvo. Me gire lentamente cuando vi como que los chicos de "colores llamativos" estaban a mi lado. Así de cerca parecían bastante mas mayores que el resto del grupo. El pelo llama me miraba como si de un espécimen raro me tratara, mientras el otro suspiraba.
-Lea... ¿que coño haces?- Dijo el otro chico.
-¿No te recuerda a alguien familiar, Isa?- Dijo el tal Lea.
Isa me miro (de una forma tan exagerada que Lea) y asintió.
-Un poco. Pero no recuerdo qui...- Dijo antes Lea le interrumpiera.
-¿Ven?- Me pregunto Lea, mirándome fijamente.
Le mire sorprendido. Me sonaba el nombre pero en ese momento no caía.
-Te equivocas. Soy Ioru y ahora tengo un poco de prisa si no os importa- Dije alejándome de ellos.
-Quizás podamos ayudarte...- Dijo Isa.
Me pare en seco y les mire.
-Tengo que hablar con un viejo amigo- Dije de forma seca aun.
-¿Quien? Quizás le conozcamos- Dijo Lea entusiasmado.
-Ansem el Sabio- Le conteste.
Los dos se miraron al unisono y asintieron.